Todavía recuerdo aquel día que me atreví a aventurarme en el mundo. Ya estaba cansado de lo monótona que era mi vida, de los problemas en mi escuela, las veces que mi padre llegaba a casa ebrio y discutía con mamá, además de la poca atención que me dedicaban mis amigos... ya era hora de un cambio y estaba decidido a irme de casa durante unos cuantos meses, dejaría la escuela, familia y amigos todo por una nueva y mejor forma de vida. Ya había pensado en esto semanas atrás, recuerdo que veía jóvenes caminando libres y contentos, se notaba que lo estaban disfrutando. Ver reír esas parejas diciéndose cosas lindas en el parque. Añoraba conocer gente nueva, hacer nuevos amigos y platicar con ellos, decirles lo mucho que los quiero y ayudarlos con sus problemas. Era lo único que quería: ser feliz.
A la mañana siguiente me levanté, tomé mi mochila de la escuela y apronté ropa para el camino; llevé todo lo que para mi gusto era necesario. Fui al cuarto de mis padres, quienes aún no despertaban, les dejé una carta en el peinador, besé sus mejillas y salí de casa. Y ahí fue donde todo comenzó.
Siempre tuve en mente que era un joven fuerte y resistente, pero los 3 primeros kilómetros fuera de casa estuvieron horribles. Primero que nada, hacía mucho sol, sentía como mi oscuro cabello calentaba mi cabeza, si mamá viera mi cara empapada de sudor, seguramente me metía a la lavadora de la casa. Estaba muy cansado y mejor preferí sentarme en una banca bajo el árbol de un parque. Me encontraba en el centro de la cuidad, ahí donde los vendedores se conglomeran gritando: “¡Pásele, pásele, lléveselo!”. Siempre he sido alguien muy especial, la verdad no me gusta mucho estar entre esta gente, me da la idea de que lo que venden es robado y los mendigos que se acercan a pedir limosna son drogadictos fingiendo buena causa. Lo bueno es que ahora era libre y no tenía porque preocuparme por esa horrible gente, yo simplemente buscaba estar bien. Y justo cuando me decidí a seguir mi camino, mi estómago gruñó... Recordé que me fui sin desayunar. Hubiera preferido haber muerto de hambre que comer en los puestos de comida que había ahí, pero tuve que sacrificarme. Me acerqué a un local donde venden pan de nata... ¡Oh! Magnífico pan de los Dioses, amo el pan de nata.
Me senté, y empecé a comer. Mi papá decía que el mejor ingrediente para las comidas era el hambre, y ahora entiendo porque: Esa sensación de que tu estómago deja de sufrir y tu boca se hace agua con el olor del pan. Estaba tan embobado con el pan que ni me acordé que estaba comiendo entre esta gente. Me arrepentí de ello cuando noté que un vagabundo se acercaba a mí.
Era un hombre de barba muy larga, su piel estaba muy quemada por la exposición prolongada al sol y su ropa ¡ni se diga! Bien pude haber pensado que trataron de limpiar este lugar con esos harapos. El sujeto se me acercó y, como de costumbre, me pidió limosna. Traté de ignorarlo ya que verlo me provocaba repulsión y eso era lo que menos quería mientras comía. Él insistía y no paraba de hablarme, no me dejaba en paz y su voz desgastada empezaba a aturdirme. En ese momento reaccioné y le arrojé el pan que me estaba comiendo, había preferido haberle arrojado algo más duro, pero no tenía nada más a la mano. En eso, el hombre inclinó su cabeza mirando fijamente la pieza mordisqueada de pan, y comenzó a llorar en silencio. Los primeros segundos que lo vi llorar me fueron indiferentes, yo volteaba a otro lado tratando de no pensar en el sujeto, pero su llanto se intensificaba, mientras se colocaba sus descuidadas manos en su rostro.
Pues sí, me sentí aún más mal. No podía creer que había salido en busca de la felicidad y lo único que había encontrado era a un vagabundo que sólo me hacía sentir más mal. Me dio un poco de lástima verlo triste... Pero tal fue mi sorpresa cuando el hombre se lanza hacia mí y me abraza con lágrimas en los ojos. Me quedé pasmado. Llegué a pensar que el hombre estaba loco y estaba a punto de irme de ese lugar pero el hombre me abrazó más fuerte y me dijo: “Gracias”. Yo le respondí con un tosco “¿Qué?” y el hombre prosiguió: “Gracias de verdad, no he comido en varios días, he estado pidiendo dinero para comprar alimento, pero nadie se compadece de mi y tu hoy me has dado de tu comida, ¡Te lo agradezco!”
Cuando el hombre empezó a decir eso, pensé “¡Que oso! ¿Qué pensaría la gente de mí?”, pero conforme iba diciéndome empezó a darme curiosidad, así que le pregunté: “y entonces ¿Porqué no mejor consigues un trabajo o te dedicas a algo más productivo en vez de estar pidiendo dinero a esta gente?”. El vagabundo se secó las lágrimas con sus manos, de verdad se veía muy triste. Sacó de uno de sus bolsillos de su pantalón una bola de papel, la desenvolvió y me la dio: era la fotografía de una mujer muy hermosa, y el vagabundo me dijo:
“Hace 6 años que decidí salirme de casa, tenía problemas con mi esposa, ella quería que me pusiera a buscar un trabajo para ayudarla con el hogar y con los hijos debido a que era la única que sostenía la familia. A mi me gustaba mucho salir con mis amigos, así que preferí irme de donde estaba mi familia y partir con las únicas personas que me harían sentir bien. Los primeros meses fueron geniales, hasta que un día que llegaba a casa, pasé por un parque cercano y encontré a uno de mis amigos, Antonio, besándose con mi esposa y jugando con mis hijos, a quienes les había comprado una paleta de hielo. Sentí mucho coraje y quería golpearlo, pero por primera vez desde que me casé vi en ella la felicidad, la esperanza de una nueva oportunidad y su hermosa sonrisa que tanto me gustaba. Era así como quería verla: feliz. Tuve que admitir que Antonio la hacía sentir mejor de lo que yo la había hecho. Me retiré con mi derrota y me quedé en la calle, sin ayuda de nadie, todo por una tontería, unas simples discusiones en mi familia, que me llevaron a esta desgracia, ya no quiero vivir más, sólo pienso en ello. Me siento débil cuando recuerdo aquel momento donde nadie ni nada me podía detener y me fui de casa sabiendo que era el hombre más fuerte, pero no fue así, ahora estoy solo y no puedo pedirle ayuda a nadie porque me ven como un mendigo desconfiable. Que fácil era haber dicho lo siento.”
Cuando terminó, recogió la pieza de pan que le arrojé. Yo no podía creer lo que este señor había vivido, es decir, cuando ha estado sufriendo y nadie a su lado. Ahora entendía muchas cosas, ¿Cuanta gente como yo estaría aquí en busca de la felicidad? Gente que vende comida en las calles para mantener a su familia, gente que pone en venta sus pertenencias por un poco de dinero y esa gente también que pierde su salud por el bienestar.
No pude evitar detener al vagabundo de comerse ese sucio y mordisqueado pan, lo invité a comer ahí mismo en los puestecillos que estaban cerca. Él me sonrió... Y dijo de nuevo: “gracias”. Era increíble pensar que yo, un joven malcriado, racista le halla iluminado el día a este señor.
Estuvimos platicando de nuestras vidas, le conté que había salido de casa y que no volvería hasta después de unos meses, pero él me dijo que regresara lo antes posible, que no arruinara mi vida de esa forma y que tenía un gran camino por delante. Le di las gracias y me alegré de haber hecho un nuevo amigo.
Regresé a mi hogar por la noche y en cuanto abrí la puerta fui directo a donde estaban mis padres y les dí un abrazo, estaban muy felices de verme de nuevo, les preocupé bastante que incluso llamaron a la policía.
Mientras estábamos abrazados mi mamá me preguntó: “¿Y a dónde se supone que fuiste?”, yo le respondí: “Salí a buscar la felicidad”. “¿Y la encontraste?”, me pregunta, “sí mamá, la encontré y la estoy viviendo en este mismo momento”.
Ella me besó en la mejilla y me sonrió.
Daniel Ernesto Carmona Carlos
Mira, tienes un blog :o
ResponderEliminarJejeje, que buena onda
ahorita lei algo, pero no termino de leer las entradas porque son muy largas y porque no te quiero conocer tanto xD Son muy personales.
Pero bueno, algun dia con paciencia y desinterés me pondré a leerlas todas :p
jejeje
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